Piedras y huevos nació de la incontenible necesidad de subir al escenario,
para reciclar la pesadumbre de no tener trabajo, y para pensar, como casi todos
los actores en algún momento de nuestra vida, en un trabajo que entrara en una valija y que se pudiera llevar a cualquier lado. Me reuní con Daniel Panaro, le dije que quería hacer un espectáculo sobre el mundo de los perdedores, y él recordó aquel refrán, cuyo origen desconozco: “Cuando la piedra cae sobre el huevo, pobre huevo; pero cuando el huevo decide al fin caer sobre la piedra…pobre huevo”.
Finalmente empezamos un espectáculo donde por primera vez, hace 20 años, una mujer hacía 6 personajes masculinos de Fontanarrosa; incluimos algunos textos míos y otros de Marechal, y lo ensayamos en 30 días.
Y Piedras… fue a todos lados, a cualquier lado. Se estrenó en un teatro que ya
no existe, La Gran Aldea. Giró por la Pcia. de Buenos Aires, Rosario y Córdoba. Fue a la Cárcel de Mujeres en Córdoba, luego de lo cual me dijeron que mejor no fuera a la cárcel de hombres, porque (sic) “podría sublevarlos”.
Fue a Los Ángeles, al primer Festival Latinoamericano de Teatro en Santa Mónica, y fue a Cuba. Y debido a la repercusión que tuvo en el Festival Internacional, fui invitada a conocer al Comandante Fidel Castro, con quien tuve el gusto de compartir dos veladas fantásticamente legendarias. Discutí con el Comandante, tomé licores con García Márquez, canté a dúo con Milanés.
Era el sueño realizado que la piba nunca había soñado.
Entrar a un café cantante en Cuba y ser seguida por un cenital, mientras sonaba un tema de Fito Páez, rosarino como yo, en mi honor.
Pero uno de los momentos más exultantes de esos quince días, fue cuando uno de los espectadores, al finalizar una función en San Antonio de Los Baños, se trepó al escenario de un salto, me levantó un brazo como si yo fuera un boxeador (hacían 43 grados de calor y eran las seis de la tarde) y gritó hacia la platea: “¡Vivan Argentina y Cuba, hermanas en el dolor y el amor, vida mía!”