Me llevaron al cine al año de edad, y me cuentan que pugnaba por no dormirme. Mi papá me enseñó a leer con Lorca y con Vacarezza. A los cinco años, más o menos, mi mamá tuvo que salir conmigo del cine durante la proyección de Marianela, con Olga Zubarry, debido a mi llanto descontrolado que molestaba al resto de la sala.
Leí Cyrano de Bergerac siendo muy chica, y como no era una tonta, aspiraba a interpretar Cyrano antes que Roxana, a pesar de que sabía que era imposible.
Dije todos los versos que se pueden decir en la primaria, dirigí teatro en la secundaria, y terminada ésta, al mismo tiempo que era cajera en un supermercado, empecé a actuar en Rosario. Trabajé en una obra. Y después dejé.
A punto de casarme, fui al teatro con el que iba a ser mi marido, y vi dos posibles futuros al mismo tiempo: uno estaba a mi lado, sentado. El otro estaba allá arriba, en un escenario. Decidí que ya sabía que me era posible casarme, pero no quería morirme sin haber averiguado si me era posible actuar.
Y ahí me di cuenta de que seguramente esto de actuar era un tema de estudio.
De manera que me vine a estudiar, y estudié, y acá estoy. Hace treinta años que me subí a un escenario en Buenos Aires. Hice y hago teatro, cine, radio y TV.
Ahora no estoy enseñando, además, sino que estoy transmitiendo.
Estoy transmitiendo mi profesión. La actuación se profesa, es una profesión. Es mucho más apasionante que cualquier otra carrera. Carrera, palabra que detesto, porque…, como decía Danilo Devizia sobre el escenario: “Che… ¿quién largó?”. Al lado, debajo de Último trabajo realizado, cinco recuerdos, cinco elecciones, cinco hermosas arrugas y cicatrices.